martes, 28 de febrero de 2017

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Editorial

Inquietante mensaje de Donald Trump

  • La forma en que el presidente se dirige a las empresas no parece propia de una economía de mercado
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Inquietante mensaje de Donald Trump

Donald Trump, ayer durante su discurso. (Reuters)

La primera rueda de prensa del presidente electo de EEUU, Donald Trump, a pocos días de su toma de posesión, no sirvió para despejar temores sobre sus planes, más bien al contrario. El mundo pudo ver a un líder de claro perfil nacionalista, que apostará por el proteccionismo y el cierre a la inmigración, con ganas de intervenir en las empresas para revertir la deslocalización, hostil a China aunque amigo de la Rusia de Putin, ansioso por desmontar el sistema sanitario que deja Obama y, por último, de modales groseros, como demostró insultando a un periodista. Detalle no menor en alguien que debería iniciarse en el sentido de Estado y los usos de la diplomacia. Es razonable temer por el impacto en las relaciones internacionales de la llegada de alguien de ese talante al frente de la primera potencia mundial.

La reacción inicial de los mercados fue negativa, con caídas de algo más de medio punto en plazas europeas y norteamericanas, bien es cierto que tras una escalada sostenida en las últimas semanas. El mensaje a las empresas sonó amenazante. Traigan las fábricas a casa o paguen las consecuencias, vino a decir. Después de imponer a las empresas del automóvil una serie de inversiones en Estados Unidos, y el abandono de sus planes en México, Trump apunta ahora a las farmacéuticas, a las que instó a repatriar también las fábricas y a bajar los precios mediante un sistema de subastas. Tiene sentido actuar en materia de precios del medicamento, muy caros en EE UU, pero la forma en que el presidente se dirige a las empresas no parece propio de una economía de mercado.

Lo peor para la economía global es su reafirmación en un proteccionismo agresivo que hará daño a terceros países, México en primer lugar, pero que en realidad pagarán caro los consumidores de EE UU. Porque es sabido que el intento de proteger a algunos sectores económicos poco competitivos se traduce en precios más altos de los productos que compran los ciudadanos. Cabe temer un retroceso sin precedentes en el libre comercio. Puede ser el fin del avance hacia la supresión de aranceles que ya en 1988 representó el Tratado de América del Norte (NAFTA), herido de muerte con esta posición en la Casa Blanca. La propia OMC, que calificó de “desastre”, está amenazada. No debería hacer falta recordar que la liberalización del comercio ha sido un motor de la economía mundial que necesitaba un nuevo impulso antes que una marcha atrás. Por otro lado, la idea de una guerra comercial con China, señalada de forma poco amistosa por el presidente una y otra vez, puede desestabilizar al mundo.

España, como toda Europa, no tiene otra que tratar de entenderse con la nueva Administración estadounidense. Pero sin apearse de sus principios, los de una economía abierta y los de la democracia liberal.



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