miércoles, 26 de noviembre de 2014

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Tribuna

La reforma laboral desanima a la clase media

Todavía es pronto para sacar conclusiones definitivas sobre la reforma laboral, pero, por el momento, los indicios apuntan claramente a un aumento de los despidos por encima del inducido por la caída de la actividad económica y a un empeoramiento de las condiciones de trabajo de los que conservan su empleo, que están ahora obligados a trabajar más por menos. Ambos efectos han impulsado un crecimiento de la productividad del trabajo asalariado a lo largo de 2012 sin precedentes desde que comenzó la crisis.

 El objetivo era que estas ganancias de productividad permitieran mejorar la cuota de mercado interno y externo mediante rebajas competitivas de precios y aumentos de la inversión para compensar la caída de la demanda de consumo provocada por las extinciones de contratos y los recortes salariales.

Desgraciadamente, no parece que este efecto reequilibrador se vaya a producir debido a que muchas empresas están destinando preferentemente las mejoras conseguidas a recortar su elevada deuda. Por otro lado, nuestro sector exportador, que ha tenido un excelente comportamiento desde que comenzó la crisis, no tiene dimensión suficiente para sacarnos a medio plazo del hoyo en el que nos encontramos y, para dificultar aún más las cosas, la tasa de crecimiento de la exportación se ha recortado alarmantemente a lo largo del último año.

Por último, el incipiente aumento del empleo por cuenta propia está impulsado por el tiempo parcial involuntario, por los empresarios que pasan a ser autónomos tras despedir a toda la plantilla y por los asalariados que, obligados por las circunstancias, pasan a ser falsos autónomos.

Es decir se trata, más que de emprendimiento, de empleo refugio. Por tanto, nos espera una larga etapa donde lo que se ahorra ajustando las condiciones de trabajo o dando un peor servicio (público y privado) se destina a pagar lo que se debe y no a generar empleo y reducir el paro.

En este aciago contexto solo caben políticas paliativas a la espera de un deseable aunque incierto impulso de nuestros socios comunitarios en condiciones de gastar. Pero este tema merece una tribuna aparte; lo que queremos señalar ahora es la innecesaria contribución de la reforma a desinflar aún más el consumo y la inversión sin producir, a cambio, mejoras productivas. Nos referimos al deterioro de las expectativas de los trabajadores más estables, nuestros alemanes (la clase media), los que pudiendo gastar no lo hacen como resultado del aumento de la posibilidad de perder su empleo por una magra indemnización, aunque en la práctica puede que no ocurra. Este incremento del riesgo opera de igual manera, aunque en sentido opuesto, al efecto riqueza generado por el incremento del precio de la vivienda durante la burbuja inmobiliaria.

Entonces se gastaba más porque aumentaba el valor del patrimonio, ahora ocurre a la inversa, porque se incrementan los riesgos. La hipotética mejora en la eficiencia a nivel micro buscada por la reforma queda superada con creces por un efecto negativo de mayor intensidad a nivel macro. Las expectativas privadas sobre el futuro son la base del crecimiento económico; cuando están a la baja, el sector público actúa como revulsivo incrementando el gasto y aumentando el déficit. Ahora que esto no es posible, debido al proceso de saneamiento obligado por nuestra pertenencia a la zona euro, la reforma laboral desequilibra el poder en favor de las empresas desincentivando la negociación colectiva y hunde innecesariamente las expectativas de la demanda solvente, flexibilizando en exceso la salida del empleo, cuando lo que debería haber hecho es poner el acento en el ajuste interno de las empresas, en línea con los acuerdos para la negociación colectiva y el empleo suscritos por los agentes sociales.

Carlos Martín Urriza y Miguel Ángel García Díaz son miembros del gabinete económico confederal de CCOO

 

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