jueves, 24 abril 2014

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El Foco

Oposición entre discurso y práctica

  • Nadie niega que la I+D+i juega un papel clave en el progreso de las naciones avanzadas. El autor critica que el gobierno proponga mejoras en un sector al que ha marginado con sus recortes presupuestarios

Francisco Marín

28-01-2013 07:45

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No hay nada peor para el progreso de las ideas que no encontrar frente a ellas una oposición razonada que permita un debate confrontado y sensato. Esa sensación, que un ilustre científico ha calificado recientemente como "agresiva indiferencia", representa el peor contexto para que los asuntos controvertidos puedan avanzar. A esta situación se enfrenta, en estos críticos momentos de la sociedad española, la Investigación, el Desarrollo y la Innovación (I+D+i).

Desde los distintos ámbitos de gobierno, nadie niega su relevante papel para el progreso de las naciones avanzadas; por el contrario, todas las declaraciones públicas parecen sostener sus ventajas. Puede decirse, en consecuencia, que no hay nadie que cuestione su trascendencia para el devenir futuro de nuestra comunidad. Sin embargo, los hechos lo niegan.

En ese contexto, no de rechazo pero sí de evidente marginación, crecen las voces de quienes reclaman que se paren los recortes que, desde hace cuatro años, cercenan los presupuestos públicos hasta llevarlos a valores de hace ocho años en términos constantes, y que amenazan con instalarnos en una decadencia de la que será muy difícil recuperarse. Múltiples voces de distintas procedencias exigen políticas que, sin dejar de recortar en lo que funciona mal, no prescindan de invertir en lo necesario para construir un futuro mejor.

Esa rara unanimidad sin respuesta provoca en los interesados un efecto perverso: sentirse tratados con indiferencia o desprecio por parte de quienes no quieren debatir, ni explicar, el por qué no se aplican medidas de crecimiento sino las contrarias. Luchando, dialécticamente, contra ese rival esquivo, acechan la desesperanza y la frustración, que pueden derivar en algo aún peor: el aburrimiento, la huida y el abandono de las esperanzas de las nuevas y viejas generaciones.

Quizás en las sociedades occidentales se ha producido una tremenda perversión del lenguaje, hasta el extremo de que se dice defender una cosa -usando para ello las palabras adecuadas- pero actuando, en la práctica, en sentido diametralmente opuesto. Cinismo e hipocresía, serían calificativos que podrían aplicarse a semejantes actitudes, tan frecuentes en estos días.

Esta paradoja, en el ámbito concreto de la I+D+i, merece ser denunciada desde el firme convencimiento de que es posible y perfectamente compatible la práctica de las políticas de ajuste con el mantenimiento de las acertadas decisiones tomadas en los últimos diez años, por distintos gobiernos y diferentes responsables. En otras palabras, lo que es preciso comprender es el efecto transformador que tienen las buenas prácticas de la innovación y la productividad inteligente en la competitividad de nuestra sociedad. Todo lo anterior cuando, además, las cifras que permitirían mantener la esperanza son marginales comparadas con las que se manejan cuando se trata de rescatar a las entidades financieras o las que han acompañado a muchos derroches recientes en infraestructuras faraónicas inoperantes.

Una buena muestra de esa concepción positiva de las cosas puede encontrarse en el libro Innovación, productividad y competitividad para una nueva economía, recientemente publicado por el Foro de Empresas Innovadoras, en el que sus autores, Jaime Laviña y José Molero, recogen el debate interno y externo mantenido en el Foro desde hace ya algunos meses. Más de cuarenta propuestas para el corto y el medio plazo, que se convierten en un recetario sustentado por las cifras y las experiencias de otros sistemas nacionales de I+D+i, e incluso por experiencias recientes del nuestro. Y hay que decir que las medidas que se formulan parten de asumir que es imprescindible realizar cambios en nuestro sistema nacional de I+D+i, muchos de cuyos males se han detectado y expuesto reiteradamente.

Se da el caso de que en estos mismos días se aprueba, por parte del Gobierno de España, la Estrategia Española de I+D+i, que recoge algunas de las ideas del libro del FEI. En concreto, algunos contenidos de esas propuestas del gobierno apuntan en la buena dirección: incrementar el tamaño de las empresas que participan en la aventura de la I+D+i, agilizar la movilidad de los investigadores, apostar por el cambio de un modelo de transferencia a un modelo de cooperación cruzada, mantener la validación de políticas fiscales que incentiven la continuidad y el incremento del esfuerzo inversor, apostar por Europa y sus directrices -simbolizadas en los denominados Retos de la Sociedad-, ensanchar la internacionalización de la oferta española más allá de las fronteras europeas, incorporar el valor de la ciencia aplicada a los sectores maduros y un larguísimo etcétera. Pero, una vez más, la paradoja: se afirma, al mismo tiempo, que no hay fondos para hacer nada de lo que se propone. Una contradicción que deriva ya en el absurdo.

Tenemos en nuestro país un conjunto de investigadores que aportan soluciones avanzadas, de referencia mundial, a temas importantes. Disponemos de empresas que exportan y ocupan posiciones relevantes en segmentos como el ferrocarril, la aeronáutica o el espacio, y que bajo marcas tales como Talgo, Indra o GMV compiten todos los días en la búsqueda de oportunidades. Tenemos un sistema educativo que necesita de grandes transformaciones, sobre todo en su dimensionamiento y modos de gobernanza, pero que, a pesar de todo ello, ha egresado una generación de jóvenes bien formados que ahora no tienen más perspectiva que buscar trabajo en otros lares.

Con estos mimbres, una cultura de la mejora continua y unas políticas que apuesten por el mantenimiento de lo sembrado, que prefieran podar a talar y que confíen en los retornos a medio y largo plazo de las inversiones en I+D+i, España debería poder seguir estando entre los países con liderazgo mundial en materia de progreso y competitividad.

En sentido contrario, basándonos cuasi exclusivamente en la devaluación vía salarios, en la perdida de conocimientos fruto de la sangría emigrante de nuestros jóvenes y en el recorte permanente de nuestra capacidad inversora, no nos quedará ninguna esperanza de tiempos mejores. En todo caso, si hay quienes piensan que esta es la única salida posible. ¿Es mucho pedir que al menos se tenga el valor político de contarlo, el coraje de discutirlo, haciendo honor a una de las claves de las sociedades democráticas?

Junto a todos los sectores de la sociedad que creen en el efecto transformador de la I+D+i, tenemos que seguir trabajando para impedir que, por el desprecio hacia esos valores y su falta de protagonismo, la percepción colectiva sea que no hay otras alternativas viables. Desde nuestro convencimiento de que la palabra es el mejor medio para avanzar en la solución de los problemas, volvemos al reto inicial: si creemos que el futuro depende de la I+D+i, pongamos en marcha medidas que vayan en esa dirección y no en la opuesta. Si alguien sustenta lo contrario, por favor, que lo explique con claridad sin ampararse en términos ambiguos o abiertamente contradictorios.

Francisco Marín es presidente del Foro de Empresas Innovadoras

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