sábado, 29 de noviembre de 2014

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LA UE al revés

Cameron: más impotencia que chantaje

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Han pasado 20 años desde el Miércoles Negro (16 de septiembre de 1992), que arrastró a la libra esterlina fuera del Sistema Monetario Europeo (SME), y el Esperpéntico Miércoles de la semana pasada en el que David Cameron puso al Reino Unido en el pasillo de salida de la Unión Europea, con la promesa de un referéndum sobre la continuidad del país en el club comunitario. El hilo conductor entre dos fechas tan alejadas parece ser la pertinaz incapacidad de Londres para ventear el rumbo de la política europea.

A finales del siglo pasado, Margaret Thatcher se sumó al SME dos días después de la reunificación de Alemania, en el peor momento y con un tipo de cambio sobrevalorado. Su sucesor, John Major, sufrió las traumáticas consecuencias. Y como respuesta solo se le ocurrió intentar frenar el nacimiento del euro con un desesperado plan a favor del ECU (la unidad contable utilizada entonces por los socios comunitarios).

El resultado de los dos errores es bien conocido: Thatcher fue desalojada de Downing Street; Major perdió las elecciones frente a Tony Blair. Y el euro acaba de cumplir 13 años como segunda divisa mundial después del dólar. Aun así, Londres no aprendió.

Blair apostó por una ampliación de la UE hacia el Este con la esperanza de sumar aliados entre los nuevos socios para diluir la integración política del continente. Una década después, varios de esos países se han sumado al euro y hasta Varsovia desprecia las veleidades euroescépticas de los conservadores británicos. "Gran Bretaña puede coger su parte y encerrarse en su isla", señaló la semana pasada el ministro polaco de Exteriores, Radoslaw Sidorski, tras escuchar la promesa de Cameron sobre el referéndum.

Las palabras de Sidorski reflejan el sentir de muchas capitales europeas, donde el discurso de Cameron se acogió con deliberada indiferencia. "No nos despistemos", recomienda en Bruselas un alto cargo diplomático. "La prioridad sigue siendo apuntalar la zona euro y si los británicos quieren votar que voten".

Las instituciones comunitarias ni siquiera se dieron el miércoles por aludidas, salvo el Parlamento Europeo, donde la mayoría de los grupos alertaron a Cameron sobre el riesgo de "abrir la caja de Pandora". El silencio de Bruselas se debe en gran parte al deseo de no alentar el voto euroescéptico. Pero también refleja el fracaso de la estrategia de Cameron, que intentó presentar su promesa de referéndum como una suerte de chantaje o ultimátum.

El discurso del primer ministro británico sonó más bien como una fuga hacia adelante de un líder tambaleante (cuestionado por su propio partido y por su socio de Gobierno, los liberales). Y como otro intento de Londres para detener el tiempo. "El centro de la Unión tiene que ser el mercado interior no el euro", propuso Cameron de forma tan anacrónica como el plan de Major a favor del ECU.

Solo el Berlín de Angela Merkel ha prestado oídos a las palabras del británico. Y más que nada, porque Cameron se hace eco de la jurisprudencia del Tribunal Constitucional alemán sobre los límites de la cesión de soberanía a Bruselas mientras no se mejore la legitimidad democrática de la UE.

"Es ante el Bundestag donde debe dar explicaciones Angela Merkel", señaló Cameron en un canto al control democrático en el que omitió expresamente cualquier referencia al Parlamento Europeo.

La desconfianza hacia Bruselas establece, en efecto, un punto de conexión entre Londres y Berlín, que podría plasmarse a corto plazo en un presupuesto comunitario muy restrictivo y a medio plazo en una reforma de los Tratados que sirva a Cameron como coartada para cantar victoria ante sus electores.

La mayoría de los medios británicos se han apresurado a celebrar esa entente germano-británica, que parece dejar a un lado a París. Pero la historia muestra que podría tratarse del enésimo error de cálculo.

Jacques Delors, expresidente de la CE, recuerda en sus memorias que el primer proyecto de unión monetaria se topó con una alianza similar. Y Thatcher lamenta en las suyas que Alemania acabó dejándola en la estacada y dio la luz verde al euro.

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José Luis Martínez Campuzano

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