viernes, 19 de diciembre de 2014

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Tribuna

Terapias de choque en el empleo

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Los datos de la EPA conocidos ayer solo permiten una conclusión: ha llegado la hora de las terapias de choque. Una tasa de paro que supera el 26% de la población activa y una tasa de actividad que no alcanza el 60% de la población en edad de trabajar, ponen de manifiesto que esto no da más de sí. Esas cifras, junto al desempleo juvenil de más del 55%, nos dibujan un panorama pura y simplemente insostenible.

Las medidas a adoptar son tanto económicas como laborales. El estímulo de la actividad económica, y de las iniciativas empresariales, las únicas capaces de crear empleo sostenible, deben ser la prioridad de la política económica. Y a ellas habrá que allegar los recursos que sean necesarios, detrayéndolos de una vez de tantas actividades improductivas y acompañándolos del flujo de recursos privados que debe aflorar de la necesaria suavización de una política fiscal asfixiante y castrante de la actividad y del consumo.

Esas medidas económicas deben ir acompañadas de las de reforma que sigue requiriendo el mercado de trabajo. Los avances derivados de la reforma laboral no son desdeñables, pero son claramente insuficientes. Probablemente, se ha conseguido que el deterioro del empleo, aunque cueste creerlo, no haya sido tan intenso como podría haber sido. Pero ningún avance sustancial se ha producido.

Los cambios más importantes, que han provocado la acogida favorable que en general se ha dispensado desde las instancias internacionales a la reforma, han sido, por una parte, el ajuste salarial y por otra el aumento de la flexibilidad interna en las empresas, conseguida, en buena parte de los casos, por medio del acuerdo con los trabajadores o sus representantes.

Una y otra vía de ajuste tienen que continuar. La devaluación interna que la reforma ha propiciado no está, probablemente, concluida y el ejercicio de realismo que al respecto se ha iniciado debe completarse. Y la flexibilidad interna tiene aún mucho recorrido. Las virtudes de la misma, no solo para la preservación del empleo existente sino también para la generación de nuevas oportunidades de trabajo, no necesitan ser resaltadas. El ejemplo virtuoso del sector del automóvil (con el borrón de última hora del frustrado acuerdo en la factoría de Nissan en Barcelona) es nuestra mejor tarjeta de presentación de los últimos tiempos. Rompiendo, por una vez, aquella maldición reflejada en la ironía de Borges, cuando afirmaba que, como se sabe, todo ocurre en primer lugar en otros países, y luego, a la larga, también en el nuestro, el reciente acuerdo entre las organizaciones patronales y sindicales francesas para modificar la regulación del mercado de trabajo, sigue algunas de las líneas maestras de nuestras experiencias recientes de flexibilidad interna y de ajuste de condiciones de trabajo.

Pero todo eso no es suficiente. No nos engañemos. Nuestras relaciones laborales siguen ancladas en el viejo modelo, plagado de rigideces corporativas y de excesos reguladores, que heredamos del franquismo. Y nuestra negociación colectiva, a pesar de todos sus panegiristas, sigue siendo una poderosa máquina de destrucción de empleo.

¿Qué necesitaríamos, en esa terapia de choque que he reclamado? Ante todo, continuar y potenciar la vía de la flexibilidad interna, de la adaptabilidad empresarial. Hay mucho camino por recorrer. La defensa de los derechos de los trabajadores no puede consistir en el entorpecimiento de la toma de decisiones por parte de la empresa. Hay que gestionar las nuevas situaciones con espíritu de colaboración y con plena apertura a los cambios. Y para ello, el terreno de juego es la empresa, y los medios de actuación fundamentales los acuerdos colectivos e individuales, no sujetos al dogal de una negociación colectiva sectorial que se considera legitimada para imponer, desde fuera, la protección del trabajo que considera, sean cuales fueren las circunstancias y necesidades de la empresa, adecuada.

Junto a ello, unas medidas eficaces de favorecimiento de la contratación. Ante todo y sobre todo juvenil, con un verdadero plan de empleo que priorice la ocupación a la igualación de condiciones de trabajo con los trabajadores más veteranos. Pero también en general, permitiendo el desarrollo del papel dinamizador del mercado de trabajo que pueden tener las empresas de trabajo temporal y adaptando las modalidades de contratación a la hora presente.

La cuenta atrás ha comenzado. No podemos sentarnos tranquilamente a esperar que, antes de que finalice, falle alguna conexión o llegue un improbable James Bond a cortar el cable rojo (o el azul) para evitar la explosión.

Federico Durán López es catedrático de Derecho del Trabajo en Garrigues Abogados

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