sábado, 25 octubre 2014

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Tribuna

Aristóteles y el hacker

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Aristóteles, esclavo de su alma inquieta, decidió abandonar su sepultura después de más de dos mil año de reposo. Como siempre le había gustado ir bien vestido, alisó su larga túnica y mesó su barba blanca. Descansado y feliz, el filósofo caminó entre un paisaje que no reconocía. Se encontró entre edificios altos e impersonales, de muchas ventanas, escasos frontones y nulo gusto, muy distinto a las campiñas de olivos e higueras que él recordaba. Pero lo peor eran aquellos extraños artilugios, a modo de cuadrigas, que avanzaban sin caballo y emitiendo un ruido infernal. Abrumado por aquel mundo agresivo que no reconocía, decidió refugiarse en un local rotulado por un cartel de extraño significado: Café Internet. Lo que encontró dentro le extrañó tanto como lo de fuera. Una serie de jóvenes, con estrafalarias vestimentas, se volcaban sobre una especie de cajas con algo parecido a un espejo opaco sobre el que se podían advertir fotos, dibujos y escritura. Uno de los jóvenes levantó la cabeza y le preguntó: "¿Quién eres?". "Soy Aristóteles", le respondió. El chaval continuó con sus preguntas: "Nunca he visto a nadie vestido como tú, ¿a qué te dedicas?". "Soy filósofo en búsqueda de la sabiduría y esta túnica es la que llevé en la Academia de mi maestro Platón y la que impuse en mi Liceo, después". El joven lo miró con desprecio y pulsó con sus dedos una especie de botones que tenía sobre la mesa. "Aquí está. He introducido en Google tu nombre y en wikipedia me comprobado que lo que dices es cierto. Aristóteles fue un filósofo y Platón su maestro". El maestro estaba atónito. "Y ¿a qué te dedicas tú, muchacho?". "Soy hacker" respondió con orgullo. "¿Hacker? Por Zeus, ¿qué es eso?". "Soy un pirata en el océano de internet. Lo sé todo, puedo entrar en cualquier cuenta, no existe protección que no sea capaz de saltarme". Aristóteles estaba cada vez más desconcertado. "¿Lo sabes todo? ¿Atesoras todo el conocimiento?". "Sí, yo con mi ordenador sé mucho más que tú con toda tu filosofía". "No me lo creo - intervino el sabio -. Te pondré una prueba. ¿Quién es Sócrates?". El hacker le proporcionó la respuesta adecuada en apenas unos segundos. Aristóteles, aturdido, continuó preguntándole y a todas sus cuestiones encontraba el muchacho pronta respuesta. "Ves cómo sé más que tú". "Eso parece, muchacho - reconoció derrotado el Maestro -, nunca había conocido a nadie tan sabio como tú". "Tienes que aprender internet, abuelo, sin él no eres nada". Aristóteles no alcanzaba a comprender cómo un joven tan desastrado podía superarle en conocimiento. "Nunca tuve que abandonar mi sepultura - pensó afligido -, soy inútil es este mundo donde hasta los jóvenes son más sabio que yo". "¡Maldita sea! - exclamó de repente el muchacho -. ¡El servidor se ha ido, los ordenadores se han quedado colgados!". "Te haré una pregunta más - Aristóteles aún no se rendía -. ¿A qué emperador griego eduqué?". "No tengo ni la menor idea, tío". "Pero si es más fácil que las anteriores - el filósofo no alcanzaba a comprender esta súbita ignorancia -. Empieza por Alejand..., y conquistó un vasto imperio desde Grecia hasta la India". "Ni pajolera idea, tronco. ¡No te das cuenta que tengo colgado el ordenador! ¿Cómo iba a saberlo?". Aristóteles comprendió entonces. No era el muchacho, era aquella máquina prodigiosa la que acumulaba tan vastos conocimientos. El hacker se levantó nervioso, indefenso, con sus pantalones holgados y su ancha camiseta negra de calaveras y tibias entrecruzadas. Aristóteles, solemne, se le puso delante. "¡Dime la verdad! ¿Quién eres tú sin ese internet?". El joven, con la mirada perdida, bajó la cabeza: "Nada, no soy nada, todo lo que sé lo encuentro en la red". "¿Y le ocurre lo mismo al resto de los jóvenes?", preguntó el filósofo alarmado. "Sí. Nos dicen que vivimos en la sociedad del conocimiento porque todo lo encontramos en nuestros ordenadores. ¿Para qué memorizar? ¿Para qué reflexionar?".

Aristóteles comprendió que el exceso de información y el fácil acceso a fuentes ilimitadas de conocimiento empobrecían el intelecto, secaban las entendederas y alejaban de la sabiduría. El filósofo supo entonces que no debía regresar a su tumba. Tenía un gran trabajo por delante en este mundo tan sobrado de información y conocimiento como ayuno de sabiduría. Seguía resultando absolutamente imprescindible. "¿Sabes, muchacho? - le propuso el sabio con una sonrisa abierta -. Tu enfermedad tiene cura. Mañana mismo comenzarás en el moderno Liceo que voy a iniciar. ¡Ah, y no te lleves ordenador! Vamos a cultivar la sabiduría interior que albergas, para que aprendas a domesticar el potro salvaje del conocimiento ubicuo que os satura. Nada es más potente que el intelecto humano, chaval, aunque no llegues ahora a comprenderlo".

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