lunes, 24 de noviembre de 2014

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Tribuna

El regalo del rey Gaspar

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Mi amigo José Luis está viviendo/disfrutando una de las grandes ilusiones de su vida: ser rey mago -Gaspar, por más señas- en la cabalgata del 5 de enero, y además en la propia ciudad andaluza donde nació. Yo no renuncio a serlo algún día, y me daría igual si fuese en æscaron;beda, mi tierra, o en cualesquiera otra. Mi sueño es tener la posibilidad de revestirme de pontifical y encarnar por unas horas a Melchor, a Gaspar o a Baltasar, sobre todo por el simbolismo de esos personajes, por todo lo que representan los magos de Oriente para los que no fuimos educados en la cultura de Papá Noel o de Santa a secas, como familiarmente lo llaman los norteamericanos.

Servidor es de una generación casi perdida, la de aquellos niños que tenían que esperar ansiosamente hasta la madrugada/mañana del 6 de enero para recibir los regalos que sus majestades nos habían dejado junto a los zapatos limpios, y que en muchas ocasiones no eran aquellos juguetes que habíamos pedido en nuestra carta sino solo los que se habían podido conseguir, y no sin esfuerzo, por los auténticos magos (padres, madres, abuelos, familia y amigos) en aquellos difíciles y austeros años cincuenta y sesenta del pasado siglo cuando, a pesar de un muy autoritario régimen político, y lejos de las corruptas instancias oficiales y de la falsa e inoperante democracia llamada orgánica, millones de españoles decentes se afanaban, trabajando sin descanso, para conseguir una vida mejor y, de rebote, una gran España que creciera y progresara; que tuviera presencia en el concierto mundial de las naciones y el rol protagonista que correspondía a este viejo país que, desafortunadamente, nunca ha tenido suerte con unos políticos que, salvo raras excepciones, siempre han actuado -ahora también- conforme a intereses partidarios, pensando más en las próximas elecciones que en las futuras generaciones y en el interés general.

Aquellos años cincuenta/sesenta fueron duros y, como ahora también ocurre, tiempos difíciles, aunque con algunas notables diferencias porque el actual es un mundo distinto, y hemos dejado de lado, sin entenderlo, el pasado inmediato, ignorando que si no se avanza recordando se tropieza, y que ningún proyecto se construye desde el olvido. Como escribió Tony Judt, hoy estamos viviendo un egoísta estilo de vida que ya nos resulta natural, y que es fruto de tan solo hace 30 años. Desde los ochenta, cuando el capital se volvió impaciente, hemos hecho virtud de la búsqueda del beneficio material, elevando a equivocada categoría aquello que dejó sentado Epicuro: "Nada es suficiente para quien lo suficiente es poco". Y así nos ha ido... Ahora, después de muchos titubeos y despropósitos, de padecer gobernantes (políticos y empresariales) incompetentes e indecentes, sufriendo demasiadas indecisiones y no pocas carencias informativas, con el paso del tiempo, como escribe El Roto al pie de una viñeta genial, "la gente se acostumbró a vivir en el túnel y dejó de intentar encontrar una salida". Una forma de expresar que, por fin, pareciera que la sociedad ha asumido la dureza y la sinrazón de esta crisis perpetua y canalla que, recorte va recorte viene, ha transformado las conquistas sociales -que eran para siempre- en meras concesiones perecederas con final infeliz.

La llamada globalización y el llamado progreso han conseguido instalar la desigualdad en el seno de una sociedad que cada vez es más pobre, también de espíritu. Por eso me acuerdo de Robert y Edward Skidelsky, padre e hijo, que acaban de publicar en editorial Crítica un libro (¿Cuánto es suficiente? Qué se necesita para una buena vida) que recomiendo vivamente como regalo aprovechando los Reyes o cualquier otro momento. Su lectura nos puede ayudar a reflexionar sobre la realidad de una sociedad en crisis, el uso de la riqueza, la naturaleza de la felicidad y la imperiosa necesidad de construir un mundo mejor. Los autores nos proponen siete bienes básicos que han identificado en base a cuatro criterios de inclusión: los bienes básicos son universales, finales o buenos por sí mismos, sui géneris, porque no forman parte de ningún otro bien, e indispensables. Sin embargo, Robert y Edward no quieren sentar cátedra porque saben que "en cuestiones inexactas por naturaleza, la vaguedad honrada es mejor que la precisión ilegítima". Los siete bienes básicos, esencialmente no comercializables, son: salud, seguridad, respeto, personalidad, armonía con la naturaleza, amistad y ocio. Se esté o no de acuerdo con lo que escriben, hermoso libro el de los Skidelsky. Hermoso, además de instructivo, placentero y digno de leerse, entre otras razones porque nos deja un poso de esperanza, algo que no podemos despreciar en estos tiempos llenos de incertidumbre; en este cambio de época que nos ha cegado y en el que, a futuro, si queremos sobrevivir, la ética tendrá que instalarse en el sentido que demos a todas nuestras decisiones.

Por eso vuelvo a los magos de Oriente, y me acuerdo de Lo que lleva el rey Gaspar, aquel hermoso cuento de Navidad que escribió Azorín con un final tan bello como, hoy, necesario: "El rey Gaspar ha depositado ya su regalo. Sus ojos verdes -no os he dicho antes que eran verdes- brillan fosforescentes; su nariz parece que baja más sobre la boca, y en los labios se dibuja con más profundidad su ironía vaga. Acercaos, pequeños amigos míos; yo os quiero decir lo que el rey Gaspar lleva en su caja. Sobre la tapa, con letras diminutas, pone: Ilusiones".

Juan José Almagro es Doctor en Ciencias del Trabajo y Abogado

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