jueves, 18 septiembre 2014

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El Foco

El año que vivimos peligrosamente

  • El autor analiza el turbulento año que ha vivido la economía de nuestro país, entre medidas de austeridad y la amenaza de un rescate, y explica cómo se presenta el año 2013 que ahora comienza

Josep Oliver

02-01-2013 08:25

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Parece que, tras tanta angustia, podemos auspiciar un buen año nuevo. Los mercados se calman y los que apostaron contra el euro entonan el mea culpa y reconocen sin ambages su incorrecta valoración de la voluntad política europea para mantenerlo o el alcance de las reformas efectuadas. Enfocamos 2013 con mejores sensaciones. En España, ello solo responde parcialmente a las medidas del Gobierno y a su capacidad para convencer a los mercados. Es cierto que hemos avanzado, pero los progresos han sido no deseados, a trompicones, a rastras e incompletos, obligados por la ayuda europea. Pero, sea cual sea la responsabilidad gubernamental, lo cierto es que la mejora ha tenido lugar.

El cambio en las líneas editoriales de la prensa anglosajona refleja, como pocos indicadores, el reconocimiento final de esta nueva realidad europea. Que indica que lo sucedido en 2012 confirma la solvencia del análisis de los orígenes de la crisis del euro y, con ella, de la política económica de Wolfgang Schäuble y Angela Merkel. Porque desde Alemania se ha venido postulando que la austeridad no es un fin en sí misma, como interesadamente se ha querido leer desde España, sino un instrumento de reforma, imprescindible para mejorar la productividad y asegurar el crecimiento en el largo plazo. Y los resultados globales son estimulantes. En España la corrección del déficit exterior es ya una realidad, lo que no es poco. En Portugal, el esperado segundo rescate no se ha producido. Irlanda ha podido regresar a los mercados y Grecia ha mejorado su rating, reconociendo el éxito de la compra de 40.000 millones de deuda y la ambición de sus medidas de ajuste, por ejemplo en la lucha contra el fraude fiscal.

El cambio de sentimiento de los mercados refleja los avances en la redefinición del euro, en los que está empeñada Alemania. Y 2012 ha contemplado una aceleración en esta redefinición: inicio de la primera fase de la unión fiscal y aprobación del calendario para iniciar la bancaria. Y, a medida que se ha avanzado en el camino reformista, el BCE ha ayudado dulcificando su posición. No se trata de que Draghi sea muy distinto a Trichet. No se equivoquen. Sino que, cuando Alemania considera que se avanza en los objetivos de fondo, el BCE aparece en escena y lanza su bote salvavidas. Ello ya sucedió entre diciembre de 2011 y febrero de 2012, con la inyección de un billón de euros, tras la aprobación del compact fiscal. Que quiere decir, en román paladino, ayuda a los países con problemas y en especial a España, cuyo sistema bancario recibió casi 450.000 millones. Y ha vuelto a suceder cuando, tras la aprobación de la unión bancaria en verano y la puesta de largo del MEDE, España pidió el rescate bancario, con Draghi, poniendo sobre la mesa la bazuca que se le pedía al BCE desde hacía tanto tiempo.

En suma, binomio MEDE-BCE, para taponar fuegos en el corto plazo y como instrumentos de presión para acentuar las reformas en los países con problemas, y binomio unión fiscal-unión bancaria, para sentar las bases de un diseño a largo plazo de un euro irreversible. Merkel puede respirar algo más tranquila, tras aguantar el timón en los peores momentos de la crisis. De hecho, ni lo corrigió cuando Italia y España, con la inestimable ayuda de Berlusconi, parecían empecinadas en destruir el euro; ni tampoco cuando comenzó a emerger un creciente malestar social en el sur de Europa.

Entre julio de 2011 y septiembre de 2012 hemos vivido el año más peligroso de esta crisis, con la posibilidad cierta de que España abandonara la moneda única y el euro entrara en un proceso de transformación cuyo alcance y estación final nadie conocía. En este 2013 que ahora comienza todo apunta a que las primas de riesgo van a tender a normalizarse, aquí y, en general, en los países del euro con problemas. Como si hubiéramos cruzado el cabo de Hornos y estemos entrando en aguas más tranquilas.

No obstante, toda situación inestable es susceptible de empeoramiento. Y desde el sur de Europa, y para muestra la posición de Berlusconi en las próximas elecciones, tenemos una amplísima historia de actuaciones que han contribuido a empeorar las cosas. Esperemos que, esta vez, ello no suceda. Además, no son solo los países más latinos los que pueden trastocar la mejora en curso. Francia y Alemania tienen visiones muy contrapuestas sobre el futuro inmediato y a medio plazo de la UEM, lo que augura tensiones. Francia quiere los eurobonos ya, un presupuesto de inversión para estimular el crecimiento, una fiscal facility para ayudar a los países con problemas, que el BCE controle toda la banca, que no se hable de unidad política ni de un nuevo tratado, que debería someterse a referéndum. Alemania no quiere medidas de apoyo sin corrección de desequilibrios, desea un órgano distinto del BCE para el control de la banca, con un sistema de votación ponderado por el peso económico de cada país, un nuevo tratado que obligue a cumplir los acuerdos que se están tomando y avances hacia la unión política. El choque franco-alemán se dibuja en el horizonte, así que todavía no hay nada definitivo.

En este momento de recapitulación es también el de recordar que no estamos donde estamos por casualidad. Sino porque el Gobierno alemán ha mantenido el pulso, pese al griterío general. Y, desde este sur mediterráneo, qué quieren que les diga. Tengo ya edad suficiente como para haber vivido personalmente, y por tres veces, tasas de paro superiores al 22%. No hay otro país en Occidente que haya contemplado algo que se asemeje. Tenemos un problema estructural en nuestra economía, basado en la enfermedad holandesa del turismo, y en la construcción a él asociado, y su corolario, el bajo crecimiento de la productividad. No quisiera que las próximas generaciones tuvieran que ver, de nuevo, tamañas barbaridades en el desempleo. Bienvenido sea el calvinismo prusiano si, finalmente, nos ayuda a curar esta enfermedad. Aunque duela. Lo dicho, ¡feliz 2013!

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