jueves, 24 abril 2014

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Tribuna

¡Españoles, empobreceos!

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Discuten los autores quién fue el que dio el banderazo de salida con el grito de ¡enriqueceos!. Se le ha atribuido a Carlos Solchaga pero se ha comprobado que la consigna no fue suya. También se le ha colgado a Jorge Semprún y desde luego sucedió en tiempo en el que los dos eran ministros de Felipe González. La travesía de Semprún por el gobierno se circunscribe cronológicamente a las fechas comprendidas entre julio de 1988 y marzo de 1991.

Eran momentos de euforia, disparada a partir de la caída del muro de Berlín, que se produjo la noche del 9 al 10 de noviembre de 1989. Había caído el comunismo, suma de todos los males sin mezcla de bien alguno. Quedaba claro que nada había más allá del capitalismo. Era el final de la trascendencia y todo se sumaba para incitar al grito de "¡Españoles, enriqueceos!. En línea con Guizot el ministro de Luis Felipe que se anticipó en hacer esa misma proclama a los franceses.

España parecía el país de los prodigios. Después de la empresa de la transición que tanta admiración y emulación produjo, después de nuestra incorporación a la Unión Europea el 1 de enero de 1986, después de nuestra permanencia refrendada en la Alianza Atlántica, después de una negociación ejemplar para reducir la presencia militar americana, después de los fondos de cohesión y estructurales que sumaron infraestructuras, autovías, aeropuertos, teatros, auditorios, palacios de congresos, museos, bibliotecas, después de iniciar la construcción del AVE y de afanarnos en la Expo de Sevilla y los Juegos Olímpicos de Barcelona, empezábamos a parecer el país de Alicia.

Claro que en todos estos movimientos siempre y en todas partes desde las casas de lenocidio al Sacro Colegio Cardenalicio hay un coeficiente de fricción o si se quiere de corrupción. Algo inherente al estado de naturaleza caída en que nos encontramos después del episodio de la manzana porque los condenados a la expulsión del Paraíso quieren eximirse de ganar el pan con el sudor de su frente y prefieren que sea el sudor ajeno el que les surta de pan.

Toda esta modernidad tuvo su preparación remota en el tardo franquismo gracias a los tecnócratas del Opus Dei, cuyo fundador traía el mensaje de la santificación del trabajo, de manera que afanarse dejaba de ser sospechoso y alcanzar la prosperidad se convertía, al modo calvinista, en un signo de predestinación para la vida eterna y en el punto de ignición del capitalismo para la vida terrenal, según supo advertir nuestro Max Weber.

Así que el laureanismo hizo mucho por reconciliar a los españoles con el dinero, una relación pésima desde Trento en adelante, donde al rico le era más difícil entrar en el reino de los cielos que a un camello pasar por el ojo de una aguja. Además de que para consuelo resignado de los pobres y angustia incurable de los ricos, su situación como la del rico Epulón y el pobre Lázaro se invertiría y ya de modo irreversible para siempre.

Ahora, nos han cambiado el grito para decirnos eso de "¡Españoles, empobreceos!" y también nos han cambiado la música (y la RTVE). Y, como escribe Gonçalo M. Tavares en Un hombre Klaus Klump, la música es una señal de humillación. Si quien ha llegado (en este caso Rajoy y su Gobierno) impone su música es porque el mundo ha cambiado y mañana serás un extranjero en el lugar que antes era tu casa.

Ocupan tu casa cuando ponen otra música. La señora Merkel nos ve a lo lejos como corruptos amantes de la siesta pero hace la vista gorda a los desfalcos del Deutsche Bank y se niega a que la supervisión del Banco Central Europeo se aplique a sus peculiares cajas de ahorro por la sencilla razón de que están quebradas. A Gabriel Elorriaga no le parece mal.

Miguel Ángel Aguilar. Periodista.

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