lunes, 22 septiembre 2014

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El Foco

Aceptación y compromiso

  • La población española no tiene ya dudas sobre la crudeza de la crisis económica y su difícil salida. El autor hace balance de lo que ha suspuesto para la economía el año 2012.

Santiago Carbó Valverde

26-12-2012 18:40

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Cuando se estudia la experiencia histórica de otras crisis económicas se corrobora que las crisis bancarias son particularmente severas y que la recuperación se produce de forma lenta y dolorosa. En el análisis de las crisis bancarias se habla frecuentemente de las "cinco grandes", entre las cuales se encuentra la de España a finales de la década de 1970 (junto con las de Suecia, Noruega, Finlandia y Japón en la década de 1980). Y en cada una de estas experiencias se observó, con diferente grado de intensidad la lucha por afrontar la realidad con crudeza para poder ofrecer las soluciones más realistas, el paso de la negación a la aceptación. Algo así como lo que los psicólogos denominan terapia de aceptación y compromiso. Al fin y al cabo, evitar los pensamientos negativos no es ser optimista, es una negación de la realidad que acaba acarreando frustración y sufrimiento.

A las puertas de 2013 a los españoles poco hay que explicarles ya sobre la aceptación. Con el desempleo y los rigores de un entorno de austeridad, buena parte de la sociedad española tiene ya asumida la dureza de esta crisis. Sin embargo, todos nos preguntamos aún si se podría hacer algo para que la resolución de esta crisis fuera diferente y reconducir la recuperación por una senda de esperanza en el menor tiempo posible. Una parte de la resolución está viniendo por una receta muy dura: cuando no puedes devaluar la moneda y jugar con el tipo de cambio, los salarios son los que quedan devaluados. Otra parte de la corrección también se está produciendo por la vía de una pérdida de riqueza privada por varias fuentes: el propio desempleo, las pérdidas de buena parte de la cartera de activos financieros (aunque 2012 no haya sido un mal año bursátil del todo) y la caída del valor de los activos inmobiliarios. En este último aspecto, aun cuando el mercado inmobiliario ha hecho buena parte del ajuste, durante 2013 se va a producir aún una muy importante corrección. A todo ello hay que sumar la principal herencia que ha quedado con los desequilibrios acumulados: una enorme deuda privada que hay que reducir y cuyas pérdidas se están afrontando, entre otros aspectos con el saneamiento y la recapitalización bancaria.

En la conjunción de estos esfuerzos se perciben algunos signos de esa deseada esperanza como que, poco a poco, los inversores foráneos vuelven a poner sus ojos en nuestro país. Las autoridades monetarias han confirmado en las últimas semanas que los flujos de salida de capitales se han frenado y, poco a poco, se recupera terreno en la inversión exterior en España. En mi propia experiencia he apreciado ese mayor interés de los inversores. En este punto, el factor que más invita al optimismo es el comportamiento del sector exterior, con una mejora sustancial de la balanza comercial que sigue siendo el pilar sobre el cual se espera que se cimente la recuperación en ese horizonte, aún lejano, de 2014. Pero los riesgos son evidentes y conviene que estén presentes en las decisiones que desde España se puedan tomar en los últimos meses. Para empezar, los inversores ven con cierto alivio el que poco a poco se vislumbre la resolución del los problemas del sistema financiero y, sobre todo, que exista una garantía europea para cubrir futuras pérdidas si así fuera necesario (por ejemplo, si la morosidad hipotecaria aumentara de forma considerable). En todo caso, los inversores necesitan una garantía algo más completa que abarque más allá del sistema financiero y suponga la confirmación de la vialidad del propio país y su deuda soberana. Por eso, la expectativa de solicitud de un rescate para España arraigó tan fuerte en los mercados y ha propiciado algunas semanas de cierta calma relativa. Ahora habrá que ver si se confirman esas expectativas. Cierto es que si el proyecto europeo en torno a una unión bancaria y fiscal avanzara a toda velocidad, la necesidad de un rescate podría relativizarse en alguna medida pero no parece que este sea el escenario ni vaya a serlo. Ni que haya mucho tiempo para esperar a comprobarlo.

Por lo tanto, parece que el escenario del rescate es el más plausible pero deberían tenerse en cuenta -sin perder la necesaria agilidad que requiere el momento- al menos tres aspectos. El primero, que se marque una senda de consolidación fiscal más realista en plazos. Esto permitiría tanto hacer más creíble el compromiso con el rescate (evitando una excesiva condicionalidad) como dar algo de margen y aire a España. El segundo, el rescate debe comprender un compromiso de largo plazo muy claro lo que, combinado con la activación del programa de deuda OMT puede ser un espaldarazo definitivo para el país. Tercero, a la hora de considerar cuándo solicitarlo no se puede esperar demasiado porque existe un riesgo muy importante de que otros países como Italia o, incluso, Francia, pasen a la cabecera de las preocupación en Europa. Y esto es importante porque para España estar en primer plano puede resultar incómodo pero, al menos, supone una concentración de esfuerzos en buscar una solución individualizada para el país. Pasar a una segunda o tercera línea de preocupación es deseable si es el resultado de haber resuelto problemas pero no de que otros países sumen los suyos a la situación de la eurozona.

Y es que si las dificultades por las que pasan Italia o Francia se agudizan, el rescate para España se volvería más complejo. Debemos aprender la lección de "aprovechar el momento" en Europa. La crisis bancaria nos afectó más tarde y se asumió más tarde y eso condenó a España a un escrutinio diferencial por parte de nuestros socios. Si otros países van a llegar a problemas de reputación similares a los que España trata de dejar ahora atrás, más vale aprovechar las soluciones disponibles cuento antes. Es, al fin y al cabo, un esfuerzo de aceptación y compromiso.

Santiago Carbó Valverde. Catedrático de Economía y Finanzas de la Bangor Business School e investigador de Funcas.

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