sábado, 1 noviembre 2014

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Editorial

La moneda única del futuro en Europa

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El 3 de mayo de 1998 CincoDías sacaba a los quioscos la única edición en domingo de su historia. La ocasión justificaba sobradamente el esfuerzo. Esa madrugada, los jefes de gobierno de 11 países de la UE, entre ellos España, acordaban poner en marcha el proyecto de moneda única para Europa. En aquella reunión, los socios del naciente euro pactaron oficialmente unas paridades fijas entre sus divisas nacionales, ratificaron un pacto de estabilidad presupuestaria y pusieron fecha de arranque a la nueva divisa: 1 de enero de 1999. El editorial de aquella edición especial señalaba que el 3 de mayo de 1998 era un día "sensiblemente distinto al de ayer". Pero también reconocía que el camino hacia la plena integración europea era largo y que todavía quedaba mucho por hacer. "No se ha llegado a ninguna meta; lo que de verdad se ha conseguido es articular una línea de salida".

Catorce años después, el euro ha crecido -ya no son 11, sino 17 sus socios- y se ha convertido en la moneda diaria de más 330 millones de europeos. Ello no ha impedido que el estallido de la crisis de deuda soberana haya sido capaz de generar dudas profundas -las más profundas y dañinas de su historia- sobre el futuro de un proyecto que fue forjado con vocación de permanencia, como demuestra el hecho de que no incluyese en su constitución mecanismos de salida o expulsión. Las turbulencias que han cercado las economías del Viejo Continente han logrado poner en jaque no solo la propia fortaleza del euro, sino también la cohesión política y económica de la Unión Europea. El punto álgido de ese resquebrajamiento llegó hace un año, cuando el agravamiento de la crisis griega generó un debate político sobre la posibilidad de que Atenas abandonase la moneda única. Una muestra de debilidad que los mercados financieros recibieron con agitación, temor y desconfianza.

La gravísima disensión que esos acontecimientos produjeron en el corazón de la eurozona ha sido aparentemente resuelta en la cumbre europea de esta semana. Todo apunta a que las dudas sobre la irreversibilidad del euro han comenzado a disiparse y que los líderes políticos europeos -Mariano Rajoy, entre ellos- son conscientes de la importancia de esta victoria política y de la necesidad de evitar nuevos ataques a la solidez de la moneda única. Los mercados financieros parecen haber recibido también el resultado de la cumbre como una señal inequívoca de que el euro es un proyecto fuerte y, lo que es más importante, de que lo es por respaldo y voluntad de todos sus socios. Porque a estas alturas, parece claro que la primera causa de inestabilidad del euro está en la falta de cohesión entre sus miembros. Los socios de la moneda única harían bien en recordar una vieja verdad histórica, la que recuerda que ningún reino dividido ha necesitado nunca de un caballo de Troya para explicar su decadencia y caída.

El primer paso en esta nueva etapa de construcción europea ha sido la puesta en marcha del proyecto de supervisión bancaria única en la eurozona. Una decisión que no solo marca un antes y un después en el fortalecimiento de la gobernanza comunitaria, sino que constituye una señal firme sobre la irreversibilidad de la moneda única. Hace apenas un año parecía imposible lograr un acuerdo en esta materia en una Europa fragmentada por los efectos de la crisis y enfrentada por las distintas concepciones sobre el futuro del euro.

Resolver la aprobación del Mecanismo æscaron;nico de Supervisión (MUS), junto a los restantes proyectos de un fondo de garantía de depósitos y otro de rees¬tructuración y disolución bancaria, permite vislumbrar por primera vez un mapa de unión bancaria. Un horizonte que resulta de extraordinaria importancia para Europa en general y España en particular. Pese a su indudable importancia, ni siquiera la unión bancaria consti¬tuye por sí sola la meta de la plena integración. Se ha recorrido parte del camino y se han sentado las bases para el pró-ximo tramo, pero sería un grave error olvidar que el trayecto que resta es largo y que habrá obstáculos que solventar y objetivos por los que trabajar. El nudo que antes tienen que resolver las autoridades comunitarias es la crisis de la deuda soberana, que atenaza a varios países sureños, entre ellos España, para recuperar un crecimiento sólido que comience a lustrar la variable social

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