lunes, 1 septiembre 2014

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Primera dama, una profesión en EE UU, una losa en Europa

  • El papel de las y los consortes es distinto a ambos lados del Atlántico. Pese a ello, cada cual le imprime su sello.

Primera dama, una profesión en EE UU, una losa en Europa

REUTERS

Después de tanto luchar y tantos triunfos, y de momentos que han puesto a prueba a mi marido de formas que nunca pude imaginar, he visto de primera mano que ser presidente no cambia tu modo de ser: revela tu modo de ser". Esta fue, según varias crónicas de la prensa nacional e internacional, una de las frases para recordar de la convención del Partido Demócrata de EE UU.

Fue Michelle Obama, la mujer del presidente, quien la soltó, robándole todo protagonismo a los miembros de la formación política a la que, entre otras cosas, no pertenece. Ya hay quienes especulan con que su exitoso speech pueda ser el inicio de una futura carrera política. Mientras, en el evento parejo de los republicanos, la aspirante a primera dama Ann Romney brindaba a su público un discurso acorde con la imagen tradicional que vende de sí misma. A partir de ahí se han escrito ríos de tinta acerca de cómo se ha significado cada una.

El inmenso protagonismo que acaparan las parejas de los presidentes (y candidatos) en EE UU contrasta con la indiferencia que despiertan sus contrapartes en Europa. Son las propias parejas de los mandatarios del Viejo Continente las primeras interesadas en ser invisibles ante la opinión pública.

"Las funciones de las primeras damas están estipuladas en la legislación estadounidense. Tienen responsabilidades concretas en la representación de la presidencia", señala Francisco Merino, director de la Escuela Internacional de Protocolo (EIP). "A partir de ahí, hay algunas que se implican más que otras en política. Los casos más significativos de los últimos años son el de Hillary Clinton cuando estaba en la Casa Blanca y ahora el de Michelle Obama", abunda Merino.

En Europa, en cambio, el papel de los o las consortes no existe. "No está contemplado en las constituciones. Solo se les ve en los actos sociales más protocolarios: inauguraciones de fundaciones, recepciones en embajadas, almuerzos con altos dignatarios, etcétera", sostiene Merino.

Cuando les toca salir en público cualquier paso que dan está perfectamente estudiado. No hay lugar para las improvisaciones. Sus asesores les cuentan, a menudo con ensayos incluidos, dónde se tienen que poner en cada momento y qué tienen que decir, si es que tienen que decir algo. "El cuidado es máximo, porque saben que cualquier gesto va a ser luego interpretado y comentado", apunta Merino.

Afortunadamente para ellas (en pleno siglo XXI, los consortes masculinos son raros de ver), los medios de comunicación no suelen perseguir sus movimientos. La única excepción más significativa sea, quizá, Carla Bruni, mujer del anterior presidente francés, Nicolas Sarkozy. Y la expectación que levantaba se debía, fundamentalmente, al hecho de "haber sido modelo", destaca el responsable de la EIP.

Prueba de ello es que poca gente conoce, por ejemplo, el nombre del marido de la canciller alemana, Angela Merkel (está casada con Joachim Sauer, profesor de Química en la Universidad Humboldt de Berlín). O, sin ir más lejos, el de la mujer de Mariano Rajoy, Elvira Fernández Balboa. El anonimato ha sido una tradición entre las mujeres de los presidentes del Gobierno de España. Y si ha habido alguna excepción, ha estado fuera de lugar, ya que la Constitución no reserva ningún papel ni título a mujeres e hijos del jefe de Gobierno.

El título de 'first lady' se remonta a 1877

La figura de la primera dama está profundamente arraigada en la tradición cultural y política de EE UU. Según Carmen Thous, fundadora de la consultora de protocolo Enmedios, fue Eleanor Roosevelt (mujer de Franklin D. Roosevelt, presidente de 1933 a 1945) la primera first lady, término que se venía usando desde 1877, la primera en adoptar un rol activo. Recorrió el país dando conferencias en defensa de causas sociales y acabaría liderando la comisión encargada de redactar la Declaración de Derechos Humanos de la ONU (1948).

Años más tarde, en 1961, llegaría la versión más popular de la primera dama con Jackie Kennedy, esposa de John F. Kennedy (presidente de 1961 a 1963). La enorme popularidad de su marido, acrecentada si cabe tras su asesinato, junto al creciente papel que estaban consiguiendo los medios de comunicación gracias a la televisión y la emancipación de la mujer hicieron de ella un símbolo nacional.

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