viernes, 24 octubre 2014

Está pasando

Berlín y París auspician una aristocracia del euro

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El camino hacia la plena imposición de la disciplina fiscal en Europa avanza a alta velocidad y quien no pueda o no quiera verlo corre el riesgo de quedarse en el andén o de viajar en segunda clase. Así lo escenificaron ayer en Estrasburgo Angela Merkel y Nicolas Sarkozy, en el seno de una minicumbre europea a tres bandas que tuvo como significativo invitado al flamante jefe del Gobierno italiano, Mario Monti. Berlín y París confirmaron que el próximo 9 de diciembre, llueva, nieve o granice, presentarán de forma conjunta una propuesta de modificación de los tratados de la Unión Europea con el objetivo de reforzar la gobernanza económica, avanzar hacia la cohesión fiscal y, como consecuencia de ello, elevar a letra de tratado la inaplazable obligación de respetar la disciplina presupuestaria. Tanto Merkel como Sarkozy aseguran tener prácticamente ultimada su propuesta y advierten que no piensan supeditar sus planes de sacar a flote el euro al apoyo del conjunto de sus socios.

En el discurso expeditivo que lleva tiempo manejando el eje franco-alemán, y en el que ayer insistió de nuevo sin paños calientes, la idea central es que el camino hacia una mayor cohesión fiscal no tiene vuelta atrás, que el tiempo corre en contra y que la meta -salvar la moneda única- debe llevarse a cabo incluso sin el apoyo institucional de la UE y de los miembros de la eurozona, esto es, mediante acuerdos intergubernamentales. Ello supone una nueva desvalorización del papel institucional de los organismos comunitarios y abre la puerta a la configuración de una moneda única de dos velocidades, con un núcleo central integrado por aquellos Gobiernos capaces de meter en cintura sus cuentas públicas y una periferia formada por un grupo de alumnos díscolos y tozudamente reacios -por diferentes motivos- a doblegarse a una disciplina que incluirá la posibilidad de llevar de oficio a un país incumplidor ante el Tribunal de Justicia de la UE.

La advertencia de sacar adelante esta suerte de aristocracia del euro no va únicamente dirigida a los malos alumnos de la eurozona, sino también a un país como Reino Unido -contrario a abandonar su divisa- o a Estados con mayorías parlamentarias demasiado débiles para poder sacar adelante una reforma de la moneda única, es el caso de Finlandia o Eslovaquia. En cualquier caso, en Estrasburgo ha quedado claro que si el proyecto del eje franco-alemán no es respaldado el 9 de diciembre y se abre paso a esa vía intergubernamental para restaurar el euro resultará vital -para España, sin duda alguna- entrar a formar parte de ese núcleo que viaja en primera en lugar de resignarse a permanecer en un vagón de segunda. Ello resulta todavía más evidente ante la lluvia de datos negativos y rebaja de perspectivas con que las economías europeas desayunan a diario y en la que la jornada de ayer no fue una excepción. El último informe sobre las perspectivas económicas mundiales para 2011 y 2012 del Instituto Internacional de Finanzas (IIF) advierte de que la situación económica en la zona euro se ha deteriorado más en el último mes y que se puede hablar ya de una nueva recesión. Un diagnóstico tremendamente preocupante, agravado por la virulencia de una crisis de deuda soberana que se está contagiando a Alemania y cuyas ramificaciones se extienden ya más allá de las fronteras europeas y amenazan a las economías de todo el planeta.

Por si a estas alturas no estuviese lo suficientemente claro, Berlín ha reiterado una vez más su no rotundo a la creación de eurobonos. Al término de la minicumbre con Sarkozy y Monti, la canciller alemana aseguró que la emisión de títulos europeos "no es la solución adecuada" contra los problemas de la eurozona. Berlín y París se han comprometido -está por ver durante cuánto tiempo- a respetar un pacto de silencio sobre el papel que el Banco Central Europeo debe jugar en esta crisis, es decir, a no realizar críticas ni demandas a la política del organismo. Ambos mandatarios discrepan claramente sobre las competencias que el BCE debe tener tras la reforma del tratado. Mientras la canciller alemana se niega a dotar al banco de nuevos poderes, el presidente francés aboga por que este tenga un rol más activo en la salvación del euro. Un punto de fricción de cuyo desenlace depende en buena medida el futuro de la unión monetaria.

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José Luis Martínez Campuzano

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