miércoles, 23 julio 2014

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Tras innumerables peticiones e insostenibles dosis de presión por parte de los mercados, el Fondo Monetario Internacional (FMI) y la Comisión Europea han decidido finalmente poner manos a la obra e impulsar la segunda ronda de recapitalización del sistema bancario europeo. Lo confirmaba ayer el responsable europeo del FMI, el portugués Antonio Borges, al asegurar que ambos organismos trabajan de forma conjunta en esa tarea y cifró en 200.000 millones de euros -como máximo- la factura que requerirá insuflar capital en el sistema. Desde Bruselas se reconocía también, aunque con el lenguaje institucional y comedido a que se nos tiene acostumbrados, la necesidad de aplicar un bálsamo urgente al drástico correctivo que los mercados han aplicado en las últimas semanas a la banca. Incluso Alemania, por boca de su canciller Angela Merkel, ha mostrado su disposición efectiva a acometer el proceso, al mismo tiempo que reivindicaba una solución rápida para acudir al rescate de las entidades financieras.

Aunque la uniformidad de voluntades mostrada ayer es un requisito necesario, el tiempo de los compromisos ha pasado. Los ojos están puestos ahora en la próxima cumbre de líderes europeos del 17 y 18 de octubre, como fecha máxima de despegue para iniciar un proceso de recapitalización que, parafraseando la vieja máxima de Kipling, no se podrá considerar terminado hasta que no termine bien. Pese a que el modo de llevarlo a cabo todavía está por decidir -ya sea a través de inyecciones directas de capital por parte de los distintos Tesoros nacionales o haciendo uso del nuevo Fondo Europeo de Estabilidad Financiera- la puesta en marcha de las herramientas acordadas en la cumbre de la UE del pasado 21 de julio es una asignatura que no puede retrasarse más. No en vano, la exasperante lentitud a la hora de tomar decisiones ha alimentado de forma decisiva la epidemia de desconfianza que se abate sobre el sistema financiero continental.

Además se trata una desconfianza que no se circunscribe ya únicamente a los mercados, sino que alcanza los cimientos del propio Banco Central Europeo (BCE). La institución ha encargado una inspección general, una especie de auditoría continental, con el objetivo de determinar las necesidades reales de capital del sector financiero europeo en su conjunto, lo que permite calibrar hasta qué punto la confusión y las dudas sobre la solvencia de las entidades han ido ganando terreno, al mismo tiempo que perdían credibilidad los test de estrés practicados hasta ahora. La iniciativa del BCE no puede extrañar, dado el papel que el recrudecimiento de la crisis de deuda le ha obligado a desempeñar como facilitador último de liquidez a un sistema bancario incapaz de financiarse por las vías habituales. En su última comparecencia como presidente de la institución tras una reunión para tratar la política de tipos, Jean-Claude Trichet deberá anunciar hoy ante una Europa expectante si mantiene o rebaja la tasa de interés del dinero. Pese a que hace pocos día todo apuntaba a que el francés tenía intención de despedirse sin ceder un ápice en su férrea política de control de precios, las malas perspectivas que afronta la economía europea y la cada vez más cercana amenaza de una nueva recesión hacen que ese sea un grave error y demandan necesaria una bajada de tipos.

El propio FMI se sumaba ayer al clamor generalizado que reclama a Trichet una tregua en su papel de guardián de la inflación. El organismo internacional, que ha insistido en que el BCE debe continuar comprando deuda italiana y española, recuerda en su último informe que la situación de Italia y Francia no puede compararse con la que viven economías como la griega y la portuguesa. Pese a ello, una eventual bajada de tipos por el BCE en este momento constituiría una verdadera inyección de oxígeno para la economía española, cuyos últimos indicadores confirman un estancamiento de actividad en el tercer trimestre y perspectivas de recesión para el cuarto. La rebaja del precio del dinero supondría también un impulso fundamental para estimular el crecimiento en Francia y Alemania, dos mercados clave para el sector exportador español. La pelota está, aunque por última vez, en el tejado de Jean-Claude Trichet. Ojalá no se equivoque de nuevo.

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