domingo, 21 de diciembre de 2014

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Me duele la cabeza de oír mentiras en esta campaña electoral que parecía que iba a ser de baja intensidad. La dispersión geográfica del terreno en el que se mueven los candidatos, pese a los intentos del Partido Popular por ensanchar el campo y hablar del fracaso de la gestión del Gobierno de la nación, diluye el debate y las propuestas locales no salen de la campana acústica de la plaza del pueblo.

No obstante, la resonancia de algunas de las propuestas y algunas de las frases redondas lanzadas por los candidatos o sus protectores encierran mentiras del tamaño de las ruedas de molino, que a fuerza de girar y girar, y por arte del rozamiento, generan la duda en las mentes más analíticas.

El uso de la exageración es práctica común en las campañas electorales, y ha tomado valores crecientes en los últimos años, con uso indistinto en la izquierda y la derecha. Partiendo de una verdad o una media verdad, retorciéndola convenientemente, se convierte en una falsedad malintencionada que repetida y repetida la gente empieza a considerarla como de la familia.

Desde el doberman utilizado contra la derecha, o las fotos de Aznar sobre un fondo tejido con el amasijo de hierros de los trenes reventados en Atocha, hasta el embargo de los enseres del dulce hogar de la niña de Rajoy utilizado contra la izquierda hace tres años, la intensidad de la deformación crece y crece, y crecerá más en futuras confrontaciones políticas.

El ejercicio más perverso que se practica en esta campaña, y que ya la junta electoral ha tratado de neutralizar, es el cartel con fondo rojo en el que Zapatero y Tomás Gómez se parten la cara de risa ante un rótulo que recuerda "5 millones de parados". Este fin de semana sigue pegado hasta en los cartelones del metro de Madrid, y aunque en ningún sitio aparece autoría, todo el mundo sabe que es iniciativa del Partido Popular.

Menos mal que el presidente Zapatero nada más verse reflejado en actitud hilarante ha advertido que los cinco millones de parados quien los ha creado ha sido Aznar, seguramente porque con aquel gobernante arrancó esta especie de vorágine y fiebre inmobiliaria que nos ha postrado ahora como estamos. Mienten los carteles, porque esa es la esencia del agitprop, pero no mienten menos las palabras.

A propósito de fiebre inmobiliaria, de los cinco millones de parados y de la postración social: Esperanza Aguirre le ha echado tanta jeta a la cuestión que ha propuesto facilitar que con la entrega de las casas por parte de los hipotecados insolventes a los bancos se de por finiquitada la responsabilidad de los particulares. Tira la piedra sin tener ni siquiera competencias en el asunto, y luego recoge velas diciendo que se trata sólo de que los contratos adviertan bien clarito y con buena letra que la responsabilidad hipotecaria no se agota en la garantía real, sino que es ultraactiva y prende del resto del patrimonio, presente o futuro, de los particulares. Eso sí: descubierto el atrevimiento, la propuesta ha desaparecido del programa electoral.

Miente que algo queda. El presidente del Gobierno, para celebrar el primer aniversario de su plan de ajuste de la economía y de la renuncia a su política económica, y con un descaro impropio de gente con tan relevante responsabilidad, comentó que "miente como un bellaco quien diga que yo he recortado los derechos sociales y el gasto social". Los tres millones de funcionarios y los ocho de pensionistas no dan crédito.

Otra rueda más. En los folletos propagandísticos del PP se asegura que han bajado, y seguirán bajando, los impuestos. En algunas regiones puede que haya sido así, incluso en algunos ayuntamientos. Pero en el municipio de Madrid, no. El propio Ruiz-Gallardón convencía con el entusiasmo de la seguridad plena a sus sparrings en el debate de inicio de campaña de la bajada de impuestos en el ayuntamiento de Madrid. Además de crear el impuesto sobre las basuras, más caro que el de circulación, y haber reducido en paralelo la recogida, el Impuesto sobre Bienes Inmuebles, se ha duplicado en los años que el concejal Gallardón es alcalde de la villa.

A dónde vamos a llegar. Mentiras como piedras de molino con las que quieren que comulguemos sin atragantarnos.

LOS ESPECIALISTAS

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José Luis Martínez Campuzano

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