miércoles, 17 septiembre 2014

Está pasando

Nadie puede servir a dos señores

Ramón Mullerat

11-11-2009 07:00

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Los conflictos de interés son inherentes a la naturaleza humana. El ser humano se ve constantemente confrontado entre fuerzas internas y opuestas. Ovidio decía: "Veo lo mejor, lo pruebo y sigo lo malo". Y, parecidamente, Pablo de Tarso: "No es el bien que mi voluntad desea, sino el mal que mi voluntad detesta lo que hago". Pero, además, abundan los conflictos de interés exteriores, dado que cada persona tiene sus propios intereses que a menudo chocan con los de los demás.

Todo el mundo, y en especial los políticos, los científicos, los periodistas, los empresarios y los profesionales, nos vemos con frecuencia inmersos en conflictos de interés. En una encuesta que realizó la Harvard Business Review a 5.000 directivos de empresa, se les formuló la pregunta acerca de si, en su conducta profesional, habían alguna vez experimentado este tipo de conflictos. Cuatro de cada siete encuestados respondieron afirmativamente. Las situaciones conflictivas entre los intereses de la empresa y la ética personal eran comunes y se centraban en la honestidad en las comunicaciones (23%), seguido de los regalos y comisiones (12,3%) y la equidad y la discriminación (7,0%). La historia de la gestación de la depresión económica tras los escándalos de Enron y la quiebra de Lehman Brothers está repleta de conflictos irresueltos, especialmente entre los líderes financieros.

Un conflicto de interés constituye una situación en la que una persona tiene un interés privado suficiente para influir o, cuando menos, parecer que influye, en el ejercicio de sus deberes. Surge cuando su independencia o imparcialidad resultan comprometidas debido a los intereses competitivos que influencian el resultado de la decisión, generalmente en beneficio privado. En un conflicto suelen aparecer tres elementos: el primero es el interés privado o personal, generalmente financiero, aunque puede tratarse por ejemplo de beneficiar, incluso sutilmente, a terceros; en segundo lugar, la cuestión surge cuando este interés privado entra en pugna con el deber del cargo o de la profesión; en tercer lugar, el conflicto interfiere en la obligación de esta persona de actuar objetiva e independientemente. El problema no está en hallarse sumido en un conflicto de interés, sino cuando uno no sabe identificarlo y, sobre todo, cómo actuar frente a él. La regla es sencilla y aparece ya en el evangelio de san Mateo: nadie puede servir a dos señores. Frente al conflicto, hay que optar por la solución que antepone el interés público al personal. Ad astra per ardua, como los romanos recomendaban.

Los hombres y mujeres de negocio deben optar constantemente entre decisiones conflictivas. Deben elegir entre unos valores y otros, entre una estrategia empresarial u otra, entre una inversión u otra, entre despidos o mantener los puestos de trabajo. La expansión de la doctrina de la responsabilidad social de la empresa, por la que ésta decide ser un buen ciudadano y contribuir activamente a una mejor sociedad y un medio ambiente sostenible, sitúa a los directivos frente a constantes decisiones conflictivas entre inversiones a corto o a medio plazo, entre decisiones arriesgadas o conservadoras, entre el interés de los accionistas y el de más amplios grupos de interés (stakeholders). Will Hutton dijo que "uno de los principales obstáculos para crear empresas visionarias lo constituye la cultura empresarial que considera la maximización del valor de los accionistas como el principal objetivo. Esta cultura, decía, olvida la realidad de que las empresas son primordialmente organizaciones formadas por seres humanos que precisan ser motivados, dirigidos y fiables".

Los conflictos de interés siempre existirán, pero actualmente cunde una mayor sensibilidad en el público como requisito de la confianza social. El escritor Alain Peyrefitte, que fue ministro de Obras Públicas y posteriormente de Justicia en Francia, escribió un libro hace pocos años en el que sostenía que la virtud social más importante es la confianza, puesto que la convivencia pública se apoya en la confianza social. De que cada miembro de la sociedad, y especialmente los que tienen responsabilidades públicas, sepa afrontar éticamente los conflictos que se le presentan depende que la sociedad pueda ser sana y confiada.

Ramón Mullerat. Ex presidente del Consejo de Colegios de Abogados de Europa (CCBE) y socio de KPMG Abogados

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