martes, 29 julio 2014

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Las medidas que evitaron el Apocalipsis financiero

  • La reacción de bancos centrales y Gobiernos evitó el desastre, pero hay que redefinir el modelo capitalista.
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Las medidas que evitaron el Apocalipsis financiero

BLOOMBERG

La crisis financiera que dio comienzos en 2007 pasará a la historia, como lo hizo el crac del 29. Pero ha dejado muy claro que el capitalismo, aunque tocado, no va a desaparecer. Porque aunque el sistema financiero a nivel mundial estuvo a punto de quebrar en los peores momentos de la crisis, y especialmente cuando cayó Lehman Brothers en septiembre de 2008, la intervención agresiva de Bancos Centrales y Gobiernos ha evitado el desastre.

La recesión ha sido inevitable y, probablemente, pasará tiempo antes de que las economías retomen la senda del crecimiento potencial. Es la peor situación económica desde la II Guerra Mundial, y se ha vivido la crisis financiera más aguda desde los años treinta. Pero a diferencia de entonces, Gobiernos y bancos centrales han reaccionado con prontitud.

Y así lo están reflejando los mercados. Los indicadores de riesgo han vuelto a los niveles previos a la quiebra de Lehman Brothers, mientras que las Bolsas han vivido un rally desde enero con pocos precedentes en cuanto a la intensidad y el corto espacio de tiempo. Los analistas reconocen que la situación económica no es buena, pero los inversores han descartado el Apocalipsis y eso es lo que reflejan las cotizaciones.

Caminamos hacia un sistema más regulado y supervisado

Existe una fecha que marca un hito en la historia financiera moderna: el 8 de octubre de 2008. Aquel día los seis mayores bancos centrales del mundo realizaron una rebaja de tipos coordinada, lo que nunca antes se había hecho; una decisión destinada sobre todo a insuflar confianza al sistema, en un momento en que los mercados interbancarios estaban cerrados y la falta de liquidez era total. Pero las autoridades monetarias llevaban meses trabajando juntas, inyectando liquidez a un sistema financiero en el que los actores no se fiaban unos de otros y el dinero no circulaba.

La historia de la crisis financiera ha sido la de la heterodoxia en política monetaria. Los bancos centrales han tenido que ir ampliando sus actuaciones hasta que literalmente le han dado a la máquina de hacer dinero. Los tipos de interés oficiales, aunque han bajado a niveles históricamente bajos, han demostrado ser insuficientes para devolver la confianza al sistema. En estos momentos las tasas se encuentran en una horquilla entre el 0% y el 0,25% en EE UU; en el 1% en la zona euro; en el 0,5% en Reino Unido y en el 0,1% en Japón.

Más allá de las rebajas de tipos oficiales, los bancos centrales han flexibilizado las condiciones para normalizar la situación tanto en los mercados interbancarios como de crédito. Para ello han tomado medidas excepcionales, unas más que otras, que pasan por la ampliación de la oferta monetaria, elevando el volumen y la frecuencia de las subastas, ampliando las garantías admitidas, abriendo líneas de intercambio de divisas entre los diferentes bancos centrales, comprando bonos de deuda pública y en última instancia comprando activos de deuda privada ilíquidos.

El resultado ha sido un crecimiento extraordinario del balance de los bancos centrales, que en el caso de la Reserva Federal ha pasado de uno a dos billones de dólares en un año, entre compra de títulos, operaciones con pacto de recompra y swaps de divisas con otros bancos centrales. El balance del Banco Central Europeo ha pasado de 1,5 a 1,8 billones de euros, en el mismo periodo, si bien la autoridad monetaria tiene en marcha un plan para comprar cédulas hipotecarias y bonos garantizados por valor de 60.000 millones de euros, en otro paso más para aliviar las tensiones en los mercados de crédito.

Al final, los bancos centrales, especialmente el de EE UU, se han visto obligados a imprimir dinero nuevo y colocarlo en el mercado mediante la compra de activos.

Los bancos centrales no han trabajado solos en la restauración de la confianza. Los Gobiernos han tenido que actuar también con ambiciosos planes que han disparado el déficit fiscal de los países. El déficit estadounidense ha superado el billón de dólares por primera vez en su historia, y el Banco de Basilea estima que superará el 10% del PIB para finales de 2009, frente al 5% que preveía antes de septiembre de 2008.

Los Gobiernos han actuado primero para evitar la quiebra del sistema financiero y después para devolver la confianza a los mercados de crédito y combatir la recesión espoleando la actividad. Algo que se ha conseguido a medias.

Para ello, comenzaron garantizando los depósitos de los bancos y comprando los activos tóxicos de las entidades financieras -caso del TARP, el programa del tesoro estadounidense por una cifra de hasta 700.000 millones de dólares-, para posteriormente intervenir directamente en el sistema bancario insuflando capital en las entidades con problemas, bien a través de préstamos, bien nacionalizando parcialmente las entidades.

La segunda fase de la actuación estatal ha ido encaminada a reactivar los mercados de crédito y combatir la recesión. Para ello los Estados han avalado las emisiones de deuda, han disparado el gasto público en infraestructuras y han impulsado programas de ayuda concreta a sectores muy afectados por la crisis, como es el automovilístico.

Las actuaciones de Gobiernos y bancos centrales han funcionado, en la medida de evitar el desastre. También han contribuido a relajar la tensión en los mercados interbancario y de deuda empresarial y han favorecido el nacimiento de los brotes verdes de la economía, que aún debe confirmar su recuperación. Pero no han logrado todavía que el crédito fluya de los bancos hacia los particulares y las pequeñas empresas, clave para la reactivación económica.

El futuro pasa por lograr ese objetivo, pero también por redefinir las reglas del juego en el sistema financiero. Y ahí, de nuevo, están trabajando los Gobiernos; el siguiente paso es la regulación. El modelo capitalista ha sobrevivido, pero la crisis ha puesto de manifiesto que no todo vale. Por ello, los reguladores han comenzado a marcar las reglas del juego, y el objetivo, de momento, se ha centrado en cinco segmentos del sistema: el mercado de derivados, las agencias de calificación crediticia, los hedge funds, los bonus que pagan las empresas a sus directivos y las ventas a corto en Bolsa.

Aunque aún queda por clarificar el nuevo modelo de capitalismo, sí es posible vaticinar cómo será el sistema financiero del futuro; caminamos hacia un sistema más regulado, con una supervisión de los mercados a nivel global, donde no todo estará permitido. En definitiva, un liberalismo económico, como hasta ahora, pero con unas reglas más definidas.

¡

Los riesgos

Hiperinflación. Es el gran temor de los mercados y es consecuencia de la impresión desmedida de dinero. No es por el momento una preocupación en ciernes, debido a la situación de recesión de la economía global. En algún momento los bancos centrales deberán revertir sus políticas monetarias expansivas.

Déficit público. El aumento del déficit puede provocar una subida de los tipos de la deuda que dificulte la financiación de los Estados. El riesgo es que se reduzca el gasto público y aumenten los impuestos.

Riesgo moral. Si los accionistas perciben que ningún banco puede caer, el mercado puede acabar recompensando la asunción de riesgo irresponsable.

España y el 'PlanE'

El Gobierno español puso en marcha en 2008 el Plan para el Estímulo de la Economía y el Empleo (Plan E). El gasto presupuestario de este plan provocará un aumento del déficit del 3,8% al 9,5% sobre el PIB en 2009, según el Ministerio de Economía.

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