miércoles, 29 de marzo de 2017

Está pasando:

Juan Ramón tenía razón...

  • El rol de las corporaciones e instituciones ha cambio, según el autor. Hoy, la empresa socialmente responsable debe, en su opinión, compatibilizar y aunar el cumplimiento del deber -dar resultados, crear empleo y ser innovadora y eficiente- con crecimiento sostenible y desarrollo humano
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En contra de mi habitual costumbre, he puesto título a este artículo antes de siquiera ponerme a escribirlo. Las cuatro palabras han fluido naturalmente tras leer un escrito de Lorenzo B. de Quirós, la 'irresponsabilidad' social de la empresa (El Economista, 19 de julio de 2006), y acordarme de aquello que decía Juan Ramón Jiménez cuando invocaba a la inteligencia para que le ayudara a encontrar el nombre exacto de las cosas…

Veamos. Dice don Lorenzo que 'en cualquiera de sus versiones, la RSC es un mecanismo de restricción del derecho de propiedad, una nueva expresión de la vieja idea fascista de la función social de la propiedad. Es un triunfo póstumo de la ponzoña colectivista, de la canonización del autosacrificio en terminología randiana' (sic). Antes, había afirmado que 'la RSC se ha convertido en uno de los grandes negocios del siglo XXI a cuya sombra florece una corte de parásitos que chupa la sangre de uno de los instrumentos del bienestar y prosperidad más poderosos del mundo: la gran corporación'.

No se atrevió a tanto el Nobel Milton Friedman: en 1970 sólo dijo que la principal responsabilidad de los gestores empresariales era maximizar el beneficio para el accionista, cumpliendo la ley. Y esas palabras del economista creador de la Escuela de Chicago han servido en los últimos años como percha recurrente para hablar de la RS como algo más, como mucho más: como una forma distinta de entender la empresa a partir de los propios valores para generar valor; como un sistema de gestión integral que concierne a todas las áreas de la empresa y, finalmente, como una respuesta de las nuevas demandas del entorno que no están recogidas en las leyes. Como afirma Adela Cortina (El País, 20 de agosto de 2005), la RSE debe asumirse como una herramienta de gestión, no como marketing social; como una medida de prudencia, involucrando a todos los niveles de la empresa y, por último, como una exigencia de justicia, ya que estamos hablando de la ética en la empresa.

La responsabilidad social corporativa es, sobre todo, un compromiso equitativo y solidario, pero también voluntario

Conviene recordar, sobre todo a los que están en contra de la RS, que a cualquier institución -y las empresas lo son- que tenga como finalidad integrar a las personas en un proyecto común se le debe exigir que genere confianza y, además, que actúe con dimensión ética; es decir, con transparencia sobre sus comportamientos -pasados, presentes y futuros- para dar seguridad a las personas a las que esa institución dirige su actividad. Seguridad y confianza.

Y es verdad que el ciudadano medio no tiene entre sus preocupaciones principales esto de la RSE; que en muchos casos no sabemos de qué estamos hablando, ni lo que queremos decir, aunque escribamos artículos; que, inevitablemente, algo hay de atrezzo y cosmética en todo esto y que muchas veces nos engañamos a nosotros mismos, y casi siempre nos olvidamos de aquello que escribió Séneca: 'Di lo que debes y haz lo que dices'. Todo esto es cierto.

Pero la RSE es, hoy, sobre todo, un compromiso equitativo y solidario, pero también voluntario, y no debemos olvidar que, probablemente en 2010, habrá 50 empresas entre las 100 mayores economías de la Tierra. Eso, digo yo, algo querrá decir en el mundo moderno que nos ha tocado vivir. El rol de las corporaciones e instituciones ha cambiado y la empresa socialmente responsable debe compatibilizar y aunar el cumplimiento del deber (ésa es la primera responsabilidad: dar resultados, crear empleo y ser innovadora y eficiente) con crecimiento sostenible y desarrollo humano. Asentarse en principios éticos, contribuir al bienestar social y llevar a cabo políticas de compromiso, credibilidad y transparencia con los stakeholders, que no son unos desalmados, sino aquellos grupos de personas que tienen legítimo interés en que la empresa vaya bien, o mejor, si es posible.

La RSE impulsa la innovación social, actúa con los empleados (y con sus familiares) y con los grupos de interés con criterios de equidad; preserva el medio ambiente y, en definitiva, se preocupa y se ocupa de la ciudad, la región y el país en los que opera. Hablamos, pues, de futuro, porque las empresas, como cualquier otra institución, cambian en su desarrollo histórico como muda cualquier ser vivo.

Juan Ramón tenía razón: llamemos a las cosas por su nombre y, a los efectos oportunos, antes de escribirlas, aprendamos a distinguir entre buen gobierno, responsabilidad social y acción social. Algunos ya lo hemos hecho, o lo estamos intentando. Para los que todavía no han llegado a esa parte del Catón se debe recordar que, sobre RS hay una definición de la Comisión Europea, otra del grupo de expertos creado por el Ministerio de Trabajo y, aún otra más, muy reciente, fruto de los trabajos de la subcomisión parlamentaria para promover la responsabilidad social de las empresas.

¡Ah!, y respecto de 'la gran corporación' y de los 'parásitos que chupan la sangre', como escribe don Lorenzo, le recomendaría que leyese el libro de Joel Bakan La Corporación, la búsqueda patológica de lucro y poder. Es un texto para contrastar pareceres porque -lo dijo J. Stuart Mill- 'los hombres no son infalibles', aunque algunos lo pretendan.

En fin, como el profesor Manuel Cruz recalca, pensar no es monopolio de los filósofos, pero el hecho de que se hayan venido dedicando a esa actividad desde hace tiempo es algo que merece 'no ser echado en saco roto'. Y, digo yo, que sería estupendo dar crédito a las empresas y a las personas que, honradamente, creemos y nos ocupamos en la RSE; y que, todos, nos olvidáramos de los rollos macabeos, que hay demasiados. El futuro, querido don Lorenzo, nunca está escrito, pero nuestra obligación es, responsablemente, ponernos a la tarea.



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