jueves, 31 julio 2014

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Empresas societarias, pequeñas con fuerza

  • Las pymes societarias han sido los motores de la creación de empleo estable en la economía española, mejorando también su liquidez y su solvencia
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Basta echar un pequeño vistazo a la economía española para comprobar la importancia de las pequeñas y medianas empresas en el tejido productivo de un país, en el que compiten cerca de 2,5 millones de pymes. De ellas destaca un grupo de empresarios, que supera el medio millón en número, y que ha decidido dotar a su negocio de una estructura jurídica más compleja a la habitual en una actividad de reducido tamaño. Se trata de las pymes societarias, pequeñas en su concepción, pero muy dinámicas en su funcionamiento y con una contribución fundamental al crecimiento de la economía.

La mayor parte de las pymes societarias (cerca del 75%) tiene estructura de sociedad de responsabilidad limitada; un 15%, de sociedad anónima; y el resto se reparte entre sociedades colectivas, comanditarias, cooperativas y asociaciones de todo tipo.

Desde que la reforma de la legislación mercantil de 1989 impuso a las sociedades mercantiles y a otras entidades la obligación de depositar anualmente sus estados contables en el Registro Mercantil, se ha multiplicado la información pública sobre este tipo de empresarios, sobre todo desde que en 1994 dichos estados contables deben presentarse en ejemplares normalizados. Sin embargo, hasta ahora no se había recopilado y aglutinado en un único trabajo esta información, con datos extraídos de la realidad contable.

Un reciente informe, elaborado por el Ministerio de Economía y el Colegio de Registradores a partir de los datos del Centro de Proceso de Estados Contables, arroja luz sobre la realidad económica de este tipo de pymes y, lo que es mucho más importante, su evolución en el tiempo, en los últimos años, desde 1996 a 2000.

Una de las principales conclusiones del estudio es la constatación del peso de las pymes societarias en la creación de empleo estable. En los cuatro años analizados, el número medio de trabajadores fijos se ha incrementado en las microempresas (aquellas que tienen menos de 10 empleados) y en las pequeñas empresas (entre 10 y 50 empleados) societarias, mientras que las multinacionales y medianas empresas han continuado con su tendencia destructora de puestos de trabajo. Los hechos no pueden ser más contundentes. En el caso de las microempresas, el número medio de trabajadores fijos ha pasado de 2,24 en 1996 a 2,71 en 2000. En las pequeñas empresas pasó en el mismo periodo de 9,81 a 11,21. En cambio, en las medianas se ha reducido de 30,32 a 26,75, y en las grandes, de 173,35 a 162,87.

Es decir, en una etapa de intenso y continuado crecimiento económico como la desarrollada en España desde el año 1996, con tasas de aumento del producto interior bruto (PIB) que han superado en media el 3%, son las pymes más dinámicas, con una estructura jurídica societaria, las que han aprovechado para fortalecer su posición con contratación de personal, de carácter indefinido, aprovechando las ventajas de las reformas en materia laboral, entre ellas las mayores deducciones empresariales en el pago de cotizaciones sociales por generación de empleo estable.

Esta política de contratación ha tenido un efecto dispar en los costes laborales, en función del tamaño de la pyme. En las más pequeñas se ha producido un incremento del gasto laboral medio (10,7% en términos nominales) por encima del IPC (9,7% en el periodo). Las pequeñas y medianas, con mayores posibilidades de adaptación, han conseguido que el aumento de su gasto laboral medio (8,3% y 7,3%, respectivamente), se sitúe por debajo de la inflación. No obstante, lo que no se ha podido evitar es un aumento de los gastos de personal por valor añadido y una mayor resistencia a la baja de los mismos.

Por otra parte, de 1996 a 2000 se ha producido un aumento de la liquidez y la solvencia de las pymes societarias, que son los indicadores que mejor sintetizan el saneamiento financiero que ha acompañado al crecimiento económico experimentado, y que también se refleja en otros indicadores, como una mayor rentabilidad económica (return on assets, ROA) y un mejor apalancamiento financiero.

En la mejora de estos indicadores tienen mucho que ver dos aspectos fundamentales. Por un lado, la mejora del margen de beneficio sobre ventas, en un entorno de clara expansión económica, que en el caso de las empresas más grandes ha conllevado también una mayor rotación de sus ventas respecto al activo. Por otro lado, los menores tipos de interés han ido provocando una reducción de costes financieros y la disminución del endeudamiento.

Las pymes han ido trasladando la mayor rentabilidad a una mejora de la estructura y funcionalidad de su patrimonio. Por un lado han incrementado los componentes de mayor liquidez del activo circulante, y las dotaciones por amortización, con lo que ello supone para el futuro de su capital económico. Las pymes de menor dimensión han logrado aumentar, incluso, el tamaño de su inmovilizado material.

Siguen las carencias

A pesar de este aumento de tamaño y de la mejora financiera, algunas de las carencias estructurales derivadas de la reducida dimensión se han seguido evidenciando, como las restricciones a la inversión, el predominio de deudas a corto plazo y una elevada dependencia de los créditos de provisión. Es el precio que se tiene que pagar por tener un tamaño muy reducido en comparación con las pymes del resto de la Unión Europea.

La búsqueda de un mayor tamaño lleva consigo siempre la reducción del peso de los fondos propios. Al fin y al cabo, si se quiere crecer, la contrapartida es una mayor necesidad financiera y, por ende, un mayor endeudamiento a medio plazo.

En las pymes societarias de tamaño medio este problema se ha unido a una peor posición neta de crédito comercial. Ello se deriva de las facilidades financieras que deben aplicar en sus ventas para competir muchas veces con grandes empresas, con mayor capacidad para negociar con sus clientes y proveedores. Otro problema que se sigue arrastrando es la ineficiencia en la gestión de la liquidez, con el consiguiente coste de oportunidad asociado. Ocurre, sobre todo, en las empresas con una dimensión más reducida, que no saben administrar los saldos de tesorería con que cuentan, algo que por lo general no ocurre con sociedades más grandes, que definen con precisión el grado deseado de solvencia financiera a corto plazo. El tamaño, una vez más, pasa factura.

Pero algunas veces, el tamaño también supone una ventaja (mayor adaptación para encontrar nichos de mercado) y siempre marca el modelo de rentabilidad buscado, muy diferente entre unas y otras. Las pequeñas pymes societarias (las que cuentan con 10 a 50 trabajadores) han basado su modelo de rentabilidad en estos últimos años en la eficiencia en la administración del capital económico y en su relativamente elevada capacidad de endeudamiento, que amplifica la rentabilidad económica. La medianas han buscado un mayor margen de beneficio por unidad de ventas, apoyadas en sus menores cargas financieras. Las microempresas (menos de 10 trabajadores), por su parte, han buscado una combinación de las dos. De hecho, el margen de éstas suele ser mayor que el de las pequeñas, la rotación de su activo, superior a la de las medianas (entre 50 y 250 empleados); y su apalancamiento financiero, similar al de las pequeñas.

Unas microempresas, además, vinculadas de tal forma con el empleo que han compaginado el incremento de sus gastos laborales medios, en términos reales, con el aumento en el número medio de sus trabajadores, incluso, con la progresiva transformación del empleo no fijo en empleo estable, tal y como se apunta en el informe del Ministerio de Economía. De cara a los próximos años, el objetivo es seguir elevando la rentabilidad económica para crecer de tamaño. Ello exige más inversiones y la contratación de más personal. Las microempresas con estructura societaria sólo emplean un promedio de 4 trabajadores; las pequeñas, unos 19, y las medianas, 51. Otro aspecto importante es cuidar la ayuda que reciban los pequeños empresarios que decidan iniciar un negocio y los que ya lo han hecho y se encuentran en los primeros años, los más duros.

El Gobierno ha diseñado un estatuto de la nueva empresa para mejorar los trámites burocráticos en la creación de sociedades de reducidas dimensiones, y que éstas puedan ver la luz en un plazo máximo de dos días. Al estatuto se le une un plan de contabilidad simplificada que permite la formalización de las obligaciones contables, utilizando un registro único y la llevanza del libro diario. Todo ello se completa con un centro de información (Circe) para asesoramiento legal. El fin último es elevar al máximo el número de pymes (tanto societarias como gestionadas por personas físicas) para aumentar el tejido productivo de la economía.

Las más grandes, en Navarra y La Rioja

Uno de los aspectos que más llaman la atención es la divergencia de tamaño de las pymes societarias en función de la comunidad autónoma en donde desarrollan su actividad, algo que tiene que ver con la especialización económica de la empresa, con su modelo de rentabilidad y con el nivel alcanzado por ésta. Lo cierto es que comunidades como Asturias, Castilla-La Mancha, la Valenciana y Extremadura son territorios de 'reducidas' empresas, mientras Navarra y La Rioja son comunidades de 'amplias' pymes societarias, en general. La rentabilidad también varía. En pequeñas empresas, los mayores ratios en rentabilidad financiera (ROE) se sitúan en Baleares, Comunidad Valenciana y Navarra. A la cola se hallan Extremadura, Castilla-La Mancha y Asturias. Las murcianas cuentan con una elevada cifra de negocio, pero con bajos resultados. Las riojanas, en cambio, cuentan con ventas reducidas pero elevados resultados. En el País Vasco se aglutina volumen elevado de ventas y buenos resultados. Ello sustenta la percepción de que existen diferentes modelos de generación de rentabilidad, vinculados con la especialización productiva que se haya escogido.

Alta rentabilidad y endeudamiento en construcción

En cuanto a una perspectiva más sectorial, lo más destacado son los comportamientos extremos en el empleo, vinculados con las características intrínsecas de las actividades propias de cada sector. Destaca el elevado valor añadido por trabajador de las microempresas dedicadas a producción y distribución de energía eléctrica y las abultadas cifras de empleados no fijos y de gasto medio por trabajador en las pymes societarias dedicadas a la selección y colocación de personal. Entre las pequeñas empresas resalta la elevada rentabilidad y endeudamiento de actividades relacionadas con la construcción (fabricación de ladrillos y acabado de edificios). También sobresalen las minúsculas plantillas de las empresas medianas en el sector del alquiler de bienes inmobiliarios o el reducido valor añadido por trabajador de las sociedades ligadas a actividades de limpieza.

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